Qué tampoco está muy claro como es que todo esto se manifiesta o eso dicen por allí. Lo dicen, a veces, por puro afán empático y en más de una ocasión se equivocan por bastante. Asumo que es cosa de los tiempos o algo así, donde luego de tanta morralla inofensiva nos hemos vuelto imbéciles e indolentes. Algo habrá domado a nuestras capacidades cognitivas y dudo que sea un anhelo de verdad.
Una de las cosas que más me gusta de la posmodernidad es que pretende que, a razón de una mirada a todas luces subjetiva, las cosas terminen o se den por terminadas. Esta obsesión por tener la última palabra es maravillosa porque va dejando de lado la posibilidad de mutación que no es otra cosa que la única capacidad que nos reconoce como humanos, como sujetos concientes o lo que a usté, señora, se le venga a la cabeza. Conceptos como ‘El Fin de La Historia’ o ‘El Fin de La Filosofía’ son, además de deudores del tabloidismo que tanto adoro, de una incompetencia y de una falta de rigor que tira para atrás. El posmodernismo se resuelve, entonces, como la ciencia o la doctrina del apocalipsis. Un apocalipsis inminente, claro.
Yo no sé si es que al final le he cogido miedo a la bebida o qué pero resulta que un día de estos en vez de emborracharme como antaño les voy a poner una bomba, hijos de puta. Aquí mucho no me di cuenta, no alcancé a medir y mucho fanatismo pero al final son todos unas almas cándidas y unos faltos. Qué os den, hijos de puta.
Todo esto porque me acabo de dar cuenta de qué el cambio de tercio tiene que ver con seguir con los pasos del maestro ese que subraya y no, eso no se hace. Cobarde.
Debo luchar contra las fobias y contra la inmovilidad, la pasividad, sobre todo porque detrás de esta pasividad se oculta una poderosa fuerza destructiva. Sería preferible que rompiera objetos, que hiciera cualquier cosa antes que continuar en un estado insensato de espera, durante el cual nada se va a resolver, y yo voy a seguir acumulando frustración y rabia.
— Mario Levrero
Un amigo de unos sesenta años ha estado a punto de morirse o de matarse. En la ducha, claro. Siempre he pensado que no hay nada más prosaico que una muerte ridícula producida por una caida o un tropezón, da igual. Y sí, niñas, yo quiero tener una muerte ridícula, absurda, que de risa, que mate de la risa y que los politicamente correctos de toda la vida se tengan que controlar, que tengan que salir a tomar aire y que los murmullos de todo velorio sean ésta vez risas jibarizadas.
Nunca te fíes de un pollo con pajarita, una tía con sombrero y, en general, de alguien que escriba a mano.
— Guillem Martínez
Uno debe contar con una lectura sesgada, parcial, distraída, urgente. La escritura debe tener en cuenta las condiciones de su Lectura, pues de otro modo se vuelve ineficaz.
— Ignacio Echevarría