El baño y la cocina están relucientes. El suelo de mi habitación es digno de un quirófano. Lo mismo el de la sala y del pequeño hall de entrada donde un cuadro horrible anticipa que ninguna visita es bienvenida. A veces pienso que lo he dejado allí cuando me he mudado para animarme a no desarmar las cajas de libros ni a vestir las paredes. Aunque en rigor a la verdad, y ahora que lo veo, los libros no hacen otra cosa que cubrir (algunas) paredes.